11
En una misma forma la Naturaleza
repite sus festines y duelos;
fasto de la implacable belleza
mueve apenas las nubes como la brisa
la silueta de estos árboles.
Me dicen: “la laguna se secó”,
y es el primer indicio. Quedó
“como el tallo vacío de la dura haba”.
Y allí algunas espinas, restos de cantorcitos y
viejas del agua, calcos de peces reyes y
la arena como tierra de nadie
finge cernir aún,
el tiempo conocido.
Raros insectos bajo la llovizna inclinada
beben el néctar de unos juncos torcidos.
y es por la bruma de la indiferencia real
que me vuelvo
más solo, más triste;
la gravedad de estos secos destellos
son “medidos” augurios que me dirigen
como si yo fuera el infinito de asombro
que vuelve a todo mirar
menos infinitamente.
12
Necesito este dolor, y esta rabia,
esta ligera desesperación que descarga frutos
como un cargado pino.
Sin embargo,
todo parece lentísima armonía;
nada destruye la ilusión ardiente;
la íntima certeza sólo puede entrever
el borrado difícil de las sensaciones,
el habla dificil de mis conjeturas.
Pero el tedio alienta la belleza.
El misterio nos acecha. Y todo sin entender renace
obligándome cada día a escuchar otras voces:
“el arroyo está cerca; habitamos la escuelita;
sabemos que Ella vendrá quizá,
a deleitarnos con su instantánea presencia.
El agua que conocía los hechos mantuvo detenida
la corriente; todos creímos escuchar allí,
las palabras de la propia mujercita.”
¿Qué dice? ¿Qué observó?
Dijo dormida: “…creo en los sueños premonitorios;
soñé que la llavecita del botiquín abría
el ropero de abuelita…” Y agregó: “…soñar, no
quisiera, porque... me humilla.”
|