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ARTURO CARRERA
 
Foto de Sebastián Freire
(Pringles, Buenos Aires, 1948). Poeta, ensayista y traductor. Publicó más de veinte libros de poesía, entre ellos Escrito con un nictógrafo (1972), Oro (1975), Arturo y yo (1983), La banda oscura de Alejandro (1994), El vespertillo de las parcas (1997), Children’s corner (1999), Tratado de las sensaciones (2001), Carpe Diem y Potlatch (2004), La inocencia (2006), Las cuatro estaciones (2008).

Sus libros de ensayos incluyen  Nacen Los Otros (1993) y Ensayos murmurados (2009). En 2001 organizó la antología de jóvenes poetas argentinos Monstruos. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano y portugués, y ha traducido al castellano obras de Y. Bonnefoy, Michaux, H. de Campos, John Ashbery  y Pasolini. Ha sido invitado a leer su obra y dictar cursos y conferencias en universidades de Argentina, Latinoamérica, Europa y Estados Unidos.

Recibió el Premio Nacional de Poesía Mauricio Kohen (1985), la Beca Antorchas (1990), la Beca Guggenheim (1995), el Primer Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires (1998), el Premio Konex de Poesía (2004) y el Premio de Poesía Hispanoamericana Festival de la Lira en Ecuador (2009). Preside Estación Pringles (www.estacionpringles.org.ar).

 
> Poemas

11

En una misma forma la Naturaleza
repite sus festines y duelos;
fasto de la implacable belleza
mueve apenas las nubes como la brisa
la silueta de estos árboles.

Me dicen: “la laguna se secó”,
y es el primer indicio. Quedó
“como el tallo vacío de la dura haba”.
Y allí algunas espinas, restos de cantorcitos y
viejas del agua, calcos de peces reyes y
la arena como tierra de nadie
finge cernir aún,
el tiempo conocido.

Raros insectos bajo la llovizna inclinada
beben el néctar de unos juncos torcidos.

y es por la bruma de la indiferencia real
que me vuelvo
más solo, más triste;

la gravedad de estos secos destellos
son “medidos” augurios que me dirigen

como si yo fuera el infinito de asombro
que vuelve a todo mirar
menos infinitamente.

 

12

Necesito este dolor, y esta rabia,
esta ligera desesperación que descarga frutos
como un cargado pino.

Sin embargo,
todo parece lentísima armonía;
nada destruye la ilusión ardiente;
la íntima certeza sólo puede entrever
el borrado difícil de las sensaciones,

el habla dificil de mis conjeturas.

Pero el tedio alienta la belleza.

El misterio nos acecha. Y todo sin entender renace
obligándome cada día a escuchar otras voces:
“el arroyo está cerca; habitamos la escuelita;
sabemos que Ella vendrá quizá,
a deleitarnos con su instantánea presencia.
El agua que conocía los hechos mantuvo detenida
la corriente; todos creímos escuchar allí,
las palabras de la propia mujercita.”

¿Qué dice? ¿Qué observó?

Dijo dormida: “…creo en los sueños premonitorios;
soñé que la llavecita del botiquín abría
el ropero de abuelita…” Y agregó: “…soñar, no
quisiera, porque... me humilla.”

 
 
 
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