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EDUARDO HURTADO
 

Nació en la ciudad de México el 13 de octubre de 1950. Es poeta, editor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ha sido Jefe de Producción de la Revista Vuelta dirigida por Octavio Paz; Editor en Jefe de La Jornada Semanal, suplemento de cultura encabezado por Juan Villoro; Director de la Casa del Poeta Ramón López Velarde y Jefe de Medios del Canal 11 de televisión cultural. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, organismo mexicano que otorga becas para la creación a los artistas con trayectoria. En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer. Su obra ha sido traducida al italiano, árabe, inglés y francés.

Es autor de un volumen de ensayos, Este decir y no decir, el cual apareció bajo el sello de la Editorial Aldus. Ha publicado los siguientes libros de poemas: La gran trampa del tiempo, Donde conversan los amigos, Ludibrios y nostalgias, Rastro del desmemoriado, Ciudad sin puertas, Puntos de mira, Sol de nadie (reunión de su poesía editada por la Universidad Nacional autónoma de México), Las diez mil cosas, Bajo esta luz y aquí (edición bilingüe español/francés producida en Quebec, Canadá) y Bagatelas. Este año aparecerán sus libros más recientes: Casi nada, en la colección Poemas Mexicanos del Fondo de Cultura Económica, y un largo poema de amores y desamores titulado Ocurre todavía. También tiene en imprenta un nuevo libro de ensayos sobre poesía..

 
> Poemas

Agua

Abajo, más al fondo, en celo, recostada, existe el agua.
A fuerza de vivir absorto y cabizbajo, la veo perfilar un recorrido contiguo a mis zapatos. En el piso agrietado ella persiste, densa y brillante, mudable y obstinada: charcos, hilitos en desliz hacia el drenaje.
La gravedad la imanta como un sueño vicioso. Y ella se tiende, se contonea obscena, hace una pausa y se dispersa entre los poros minuciosos del polvo y el asfalto: vidriosa, incontenible, sustancia enamorada de un cielo negro.
La pesantez y el tumbo la reclaman –y la muy loca delira, como animal en celo se vacía, elude los dictados de la forma.
Ama el sol, que la somete a una mudanza eterna, al ciclismo de ser. Y atrás de las paredes se refugia, se acoge a la indulgencia de la sombra, sigue los cauces que promueven su marcha vertical. Pero al girar el grifo vuelve a las andadas: se arroja, se disipa, huye de toda tesis, de la inútil, fugaz definición.

 

Oda a garrincha

Fulano y redentor, arribaste
al pesebre sin reino,
sin ofrendas, enclenque,
malparido,
paticojo, madreado
—y a tanto desamparo
le aplicaste una gambeta
inescrutable.

Apilada en tribuna, la turba
de tus pares
fortaleció tu credo:
al destino
burlarlo con las patas, quebrarle
la cadera
con un amague raudo
—y a cada nuevo
lance, aplazar
la condena.

Y si la Descarnada
te sometió a la postre,
lo consiguió
en la raya, en el último
instante del cotejo.

En estricto sentido,
consciente como estabas
de que todo
es perder
y todo es diferir
el último
fracaso, la tuya
no fue pérdida
sino el certero
alcance de una derrota
calculada.

Por eso en esta
fecha inmemorable,
divorciada
del múltiplo y del cinco,
el ganador
culposo
agazapado en mí,
que siempre
pierdo, quiere canjear
tu nombre
por un mero
recuento de tus dones:
dipsómano
atareado en la impecable
astucia de las metamorfosis;
enemigo confeso
del vano

ahínco muscular;
militante incansable
del garlito, el mismo
en apariencia
y sin embargo
indescifrado;
cirrótico curtido
en el relajo
y el insolente sol
de las favelas; cadáver
disecado
en desbordante
olor de congestión
sobre el mármol forense
de la noche;
aliado de la plebe
y de un montón
de afanes
germinados a pesar
del oprobio
y de tu siglo;
sujeto y narrador
de tus hazañas;
héroe cantado por un coro
extinto;
sueño intacto
y fugaz.

 

S/t.

Soy
el que te ve nacer
por las mañanas,
al llamado imperioso
del reloj
y entre bostezos;
el que distingue
la rara beatitud
de tu perfil
desnudo de cosméticos,
la excitante humildad
de tus pies con curitas
y en sandalias.
Soy el que
colmado de ternura
te ve orinar todas las noches
y te descubre estática,
frágil y absorta
como animal
en descampado.

Devoto de tu piel
sin lociones ni adobos,
de tu olor comedido,
de tus mañas
más íntimas,

soy
el que ha soñado
en despertar contigo
hasta el día del horno
y las cenizas.

 
 
 
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