Del libro LA NOCHE EN EL ESPEJO
Será nuestra la vida en el temblor de una palabra,
la que se aferró a la piedra como si se tratara de un cuerpo infinito,
la que avanzó en su noche contra todos los pronósticos sin volver la mirada,
sin sentir compasión por lo que dejaba atrás. Ella,
la que arrojó el corazón a una jauría de perros hambrientos,
la que cruzó el cerco de sus propios límites con la cabeza en alto,
la que ahora espera –sin tiempo- a que alguien diga su nombre
cuando todas las bocas han sido sepultadas.
Todas las voces están huérfanas de sí,
y en esa orfandad se asisten, se acompañan.
Ahí está el misterio. El que no podemos tocar,
para el que no existen las manos.
Las manos.
esa región desconocida que nos acerca y nos aleja al mismo tiempo.
Me pierdo en la penumbra de lo que quisiera gritar y no puede.
El deseo es lo que nos rescata del abismo,
pero también se yergue lo que no admite consuelo.
Palabras como pájaros en la soledad del aire.
Hay fervor en la dureza del metal, en el viento
que lo seduce y lo inclina sobre su propio vértigo.
Qué silenciosa esa manera de abrirse lo negro frente a lo blanco,
lo visible frente a lo invisible, lo que se precipita frente a lo que permanece.
Todo cuanto tiene un peso y una forma, y lo que está oculto,
envuelto en la niebla como un barco fantasma,
se mezcla entre sí para sostener el cielo, * para estar más cerca del milagro.
Y la música, y el pájaro del vacío,
y las manos del hombre que le descubren al mundo su verdadero rostro,
su densidad. Y la palabra, esa que construye todos los puentes,
y el amor, y el silencio, y la pequeña muerte que una noche
supo reunirlos en el fuego y la ceniza.
* Homenaje a Chillida |