Mariposas de Lüdenscheid
En Lüdenscheid, en 1917,
los niños alemanes mataron 47.990 mariposas.
Ni una más ni una menos según registros. Y eso tiene que ver con todo.
Lo hicieron para cuidar las cosechas. Así como otros
recogían carozos para hacer aceite. Y otros juntaban
semillas de girasol
entre las vías del tren.
Cuando llegó a Alemania el invierno de los Nabos
ninguna otra cosa se podía comer más que Nabos.
Nabo hervido, pan de Nabo.
Alemania se quedó sin papas.
El niño que corrió una mariposa entre las plantaciones
también pudo decir que hizo la guerra.
Chochos los niños paraguayos si esa hubiera sido la consigna 50 años antes.
Y no convertirse en hombres a la velocidad de la luz.
¿Cuánta fuerza hace falta para cumplir esas misiones?
Hace falta siempre la fuerza que hace la tierra para que coman de ella.
47.990 mariposas.
Las mariposas son como las papas: ya no existen.
El ascenso del alma de un niño en humo oscuro como de una papa que hierve. No.
Entra el primer tractor a Villarrica. Lo maneja un niño de ojos celestísimos.
Miles de mariposas alrededor.
Todo se aclara y simplifica (la oportunidad perdida en la entrevista de Yataytí Corá entre Bartolomé Mitre y el Mariscal López)
El que lava su pelo en el río en el mismo momento de la batalla.
Mientras el otro se peina con los dedos como si fueran dedos de marfil
recién traído de África.
La radio a pilas de fondo
capta el movimiento de las hojas,
el curso subterráneo
de la helada, la migración de unos pájaros aturdidos.
Una pausa de cristal en el aire roñoso.
Lavan el agua con sus pies, que están limpios
como animales blancos, de plumas y espuma.
Así, dos próceres aniñados, bebidos, junto a un arroyo…
No es como el secreto de Guayaquil. Salen limpios
de su entrevista: charla bajo la parra- la titulan.
Hablaron -y jugaban con un tallo en la boca
cada uno, mientras.
Corrieron un panadero hasta el vapor del arroyo
donde se hizo colibrí, fuga celeste
la escarcha de un pensamiento etéreo.
Última meditación del que fue a la guerra
Madre, vuelvo a la cocina a mirarte.
Estás de espalda.
Vuelvo a cobrarme una deuda.
La luz del sol infló la cocina de luz blanca. Y, entonces,
no puedo verte.
No puedo saber tu edad (¿estás vieja?, ¿estás muerta?).
Pero yo sé mi edad.
Tengo la edad del que creyó estar muerto
hasta que sintió que su respiración era extraña,
era una fuerza desconocida que venía… ¿de dónde?
¿De dónde viene esa fuerza?
Estoy seguro que no viene de vos.
Pero que sabés de dónde viene.
¿Para quién estás cocinando? Mirá que no me quedo a comer.
Los muchachos están esperando afuera. Me esperan.
Veníamos borrachos caminando y cantando
la canción de los salesianos,
y se me apareció en el camino la casa.
Mi casa. Los muchachos cantan la canción
de los salesianos, mientras estoy acá, y vos estás de espalda
pelando una cebolla, por eso las lágrimas.
Ellos cantan, afuera, ahora. Los muchachos lo harán siempre.
Y ahora cantan mas fuerte para tapar mis gritos.
Es la última vez que vuelvo a esta cocina, Madre, como vuelve
la madera del árbol al mango del hacha: convertida en una materia
útil y perfecta,
y recuerdo, Madre, reuniste tus utensilios de plata,
las copas de cristal, el mate labrado en oro,
los enterraste ¡y no me enterraste a mi!
¡A mi que valgo mas que esos oros
del Perú, y toda esa mierda junta!
Vuelvo. Y no te dignás a darte vuelta
y besar mi calavera, mi fémur, mi talón que pisó carne mientras ardía.
Las verdaderas madres agarran a sus hijos que vuelven de la guerra y los llevan al río.
Los lavan. Los secan. Les ponen manteca en los talones.
Los derriten un poco
bajo el sol tibio para transparentar los huesos: medir el calcio.
Pero ahora la luz me advierte que no estás. Que la cocina está vacía.
Que no hay platos. Que hace mucho no hay nadie acá.
Canten muchachos, canten fuerte la canción.
Entren cantando a la cocina.
Y rompan todo. |