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ROBERTO RASCHELLA
 

Nació en Buenos Aires en 1930.

Entre 1959 y 1989 trabajó como maestro en la enseñanza primaria. Como guionista y crítico de cine, integró el grupo Taller de Cine y, colaboró en una decena de cortometrajes, entre 1954 y 1962; escribió además el guión del cortometraje El ejército (Nemesio Juárez, 1969). En 1960 comenzó su actividad como traductor del italiano.

Publicó los libros de poemas Malditos los gallos (1979), Poemas del exterminio (1988) y Tímida hierba de agosto (2001) y las novelas Diálogos en los patios rojos (1994) y Si hubiéramos vivido aquí (1998).

Entre 1996 y 1999 dirigió la revista literaria La ballena blanca. En 2005 recibió la beca Guggenheim. Actualmente prepara la edición de su Poesía completa.

 
> Poemas

El exterminio
1
Cuadernos de vida se disipan,
terriblemente extendidos.
Son inocentes, como los muertos
en las zanjas abiertas todavía,
de pantalones azules y rabiosos,
de violeta, a veces rojos, siempre rojos.

Me atormentan, los cuadernos, los muertos.

He perdido toda aquella ligereza
que daban los amigos jóvenes al joven,
antes de la duda.
He perdido la sencillez.

Y mis ojos enrojecen también,
mis ojos buscan entre los cuadernos:
decía el padre: “estarás eternamente dolorido”.
y el hijo:     “pero algo habré hecho,
como los techos de tus viejas aldeas,
como el pavor de los aviones
que alarman, parados en el aire”.
y la madre: “guárdate bien,
que no mueras de frío en las esquinas,
que te acerques solamente a dar
y no a pedir,
que nunca tus ojos revelen sufrimiento”.
Y el mundo me acosaba,
porque era un sueño:
sus flores se humedecían, flores de niños,
de mujeres, de ángeles derrumbados,
flores sobre los vidrios sangrantes de grabados prohibidos,
flores abandonadas entre ligeras nupcias:
mis ojos te traicionaron, madre:
quienes tenían ojos comprendieron.

Y ese mundo se guardó de mí.

Abstraídos de las flores desesperaron
los primeros, los inarmoniosos fruto.
Ácidos, con el rocío en la piel, apenas
levantados y de rendido susurro.
Hablaban de pistas y de arenas en el alma,
de cánticos estremecidos, de lápidas sucias.

Eran un deseo mal apagado,
la memoria más precisa, el odio...

 

Acaso fue mucho tiempo

Acaso fue mucho tiempo.
Se escuchaba el serio contar razonado
de marinaros, de capraros, de cafones
que tenían el olor de maderas tundidas,
de cueros, de quesos, de paños gruesos
y escarnecidos. Se alzaban victoriosos
los pisadores, las mujeres recogían olivos
en los cestos- fue mucho tiempo acaso.
Nadie buscaba, nadie encontraba.
Matercombada asistía la casa
gritando sbalashu, sbalashu -
desgracia, desgracia.
Se encendían los rojos pañuelos,
las rojas visiones de techos
que aspiraban negro, porque el mundo
era negro,
de cárceles en el sur y borradas leyendas.
El siroco mudaba el agua
en las terrazas, disparados rebaños
todavía calientes se dolían,
tan pungente la alarma
como la mujer que sufría
serenatas fósiles y espera de dos guerras.
Apenas sabíamos las velas lúgubres
entre torsos de príncipes, apenas sabíamos
los insolentes mástiles de las naciones
sobre la tierra y el mar, apenas sabíamos
tantas cosas, tantas infamias,
tantos errores: el poder, el poder...
Ese mundo acabó:
de algunos era gloria.



El silencio era cuatro muchachos

El silencio era cuatro muchachos que pasaban.
Había un pozo de creta delante de la iglesia.
La madre decía el pesar sobre la sangre
del hijo herido o el animal callado,
después arrojaba la desnuda madeja a la cama
que ya estaba excavada.
Temía los signos del perro de cobre puro,
el perro entre martillos de verano y hambres,
el perro que surgía de sus ojos vivo.
"¿De dónde ha llegado esa nube?".
"Ha llegado de otro mar: pasó
por la ventana y arrancó el lunario".
"Llórame, madre, entonces. Llórame
en vida, llórame".
"No. Hago votos por ti,
con toda el alma.
Pero no bailes.
Te dará vuelta la cabeza.

Oh, amargo hijo:
tú que no tienes sufrimiento
todavía, tú que heredas mi mal,
tú que has nacido con los pies de fuego...
Búscate una mujer.
Búscate un hermano, te pido.
Búscate otra tierra".
Ella era la forma mía,
la terrible pared.

 
 
 
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