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SERGIO BIZZIO
 
Sergio Bizzio nació en Villa Ramallo, provincia de Buenos Aires.

Es narrador, poeta, dramaturgo, guionista y director de cine. Publicó las novelas El divino convertible (1990), Infierno  Albino (1992), Son  de l África  (1993), Más  allá  del bien y lentamente (1995), Planet  (1998), En  esa  época  (Premio de Novela Emecé 2001); Rabia (Premio Internacional de Novela de la Diversidad, España, 2004); Chicos (2006); Era el cielo (2007), Realidad  (2009) y Aiwa (2009); las obras de teatro “La china” y “El amor” (Dos  obras  ordinarias, 1995), en coautoría con Daniel Guebel, y Gravedad (1999), llevada al cine por Fernando Spiner con el título de Adiós  querida  luna; y las colecciones de poemas Gran  salón  con  piano  (1982), Mínimo  figurado  (1990), Paraguay (1995) y El abanico  matamoscas  (2002). Recopiló su obra poética en el libro Te desafío a correr como un idiota por el jardín (2008).

Es autor de varios guiones cinematográficos. Dirigió el largometraje Animalada (Premio de Guión del Instituto Nacional de Cine, 2001; Premio Mejor Película Extranjera en el Latin American Festival of New York, 2002) y el telefilme El disfraz (2004).

 
> Poemas

Dos nenitas

 

Pensaba que estar mal es ésto:
“…la luna, falsa en todas sus fases,
una humareda aplastada las nubes,
un velero de velas nipón, niponas…”
–un crawl por esos fracasos del lenguaje–,
cuando una sombrilla empezó a rodar hacia la costa
seguida por una rubiecita de gorro azul,

y vi una pelirroja de 5 años en el agua
(del mar, casi al mismo tiempo) con una vincha dorada
y una pulsera fosforescente en el
tobillo, donde podía leerse one
cada vez que saltaba las antipáticas
y limpias olas sin espuma –y

me dije: “A lo mejor son las mujeres que amé,
de nuevo nacidas. Si puedo confiar
en la primera impresión, ellas
reestablecieron el equilibrio del día.
¿Por qué levantar contra el viento
la estúpida cabeza?”

 

Subir es más viejo que bajar

Hay que reconocer que subir es más viejo que bajar,
pienso mientras me hundo
en el recuerdo de algo feliz y tan menor
que podría dedicarle la vida a su veneno:
escribir, leer, abandonarse, bebiendo, y ocasionalmente
girar la cabeza sobre un hombro y preguntar “¿qué?”
con los ojos apenas entreabiertos.
La casa es linda, hay tiempo para todo.
El equipo suena bien.
Hacemos lo que nos gusta hacer. 
Y de pronto no pasa nada.
Ninguna garra se apoya sobre mi hombro.
Por más que lo intento
no puedo decir que alguien me sacude,
ni que abro los ojos y la veo a ella,
la que me odia, la que me amó.

 

El reflejo de las hojas

Se va la primavera, y veo eso con buenos ojos.
Va de nuevo: la primavera, veo eso
con buenos ojos.
Y estudio
el reflejo de las hojas en ese aro redondo
que cuelga de tu oreja como un diminuto gong
encomillado; traduzco:
las hojas de los libros
por donde pasa también la primavera,
libre del deseo de agradar.

Hay, además (retórica pura),
un cuerpo incapaz de hacerse evidente
al que llamaría “sombra de cada cosa” o “sombra
de cada estilo”. ¿Qué es? –Quién sabe…
Pero ella siente que una mano desgarra su vestido.

Lilas y lilas
y todo concluye a su modo.
La forma de la casa avanza
entre flores que se mueven en dirección a la noche
buscando los rostros que tenían
antes de que el mundo fuera hecho.
¿Es divino?

Quizá.
Pero qué raro, entre estos espinillos,
llamarse Bizzio.

(De Te desafío a correr como un idiota por el jardín, Ed. Mansalva, 2008)

 
 
 
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